El Santuario de Ntra. Sra. de Consolación

El origen del actual santuario se remonta a una pequeña ermita, levantada en el lugar en 1.520 por Antonio de la Barreda tras conseguir en Roma un privilegio por parte del papa León X. Apenas contaba con dos pequeñas habitaciones blanqueadas, con techo de paja, en las que dispuso un lienzo con la escena de la Anunciación de la Virgen, a la que veneró con el nombre de Nuestra Señora de Consolación.

Al eremita Antonio se le unieron otros ermitaños. Pensando la forma de solucionar el problema, uno de ellos propuso solicitar a las monjas de la Antigua una de las dos imágenes que tenían de la Virgen. Consintieron estas y entregaron la talla de Marina Ruiz a los ermitaños.

Marina Ruiz, era hija de una devota Sevillana que llegó a Utrera en 1507, única superviviente de un convento de emparedadas tras la epidemia de peste de ese mismo año y trajo consigo la imagen de la Virgen. A su muerte fue entregada al Beaterio de Santo Domingo que, con el tiempo, se convirtió en el convento de Dominicas de la Antigua.

convento de Dominicas de la Antigua

Los anacoretas permanecieron en la ermita hasta 1.520, año en que llegaron los frailes carmelitas y los expulsaron. Sin embargo, la distancia hasta el pueblo y las pobres instalaciones provocaron que se mudasen a La Vereda, donde abrieron nuevo convento, actualmente la iglesia de la Virgen del Carmen y el claustro.

Con el abandono de la ermita, y de la imagen de Virgen, sin que quedara nadie al cargo, el lugar fue pronto expoliado e incluso la Virgen apareció tirada y con un brazo roto. Una vecina de Utrera, que iba de vez en cuando, decidió custodiar la figura en su casa, en la que permaneció un par de años.

El regreso a la ermita se produce tras instalarse en ella fray Antonio de Santa María, un fraile portugués de la orden de los Mínimos. Fue entonces, en 1.560, cuando tuvo lugar el milagro de la lámpara de aceite.


El fraile, acude al pueblo a pedir aceite para la lámpara, sin que nadie, por ser aquel un año de escasez, se lo diera. Vuelto  a la ermita en compañía del hortelano Juan de Orea, se acostó lleno de desaliento. Todavía no había cogido del todo el sueño y, de pronto, se despertó sobresaltado al observar que, en la habitación contigua, donde estaba la Virgen, había una luz brillante. Muy grande fue su asombro cuando, al entrar en ella, vio que la lámpara estaba rebosando aceite. Así estuvo durante días y semanas. La noticia corrió como la pólvora, a causa de lo cual comenzó a cimentarse la fama de la Virgen.


Tras el milagro, la devoción a la Virgen creció enormemente, con el consiguiente aumento de donaciones de limosnas, alhajas y demás. Las riqueza, siempre malas consejeras, despertaron la codicia de los carmelitas de Utrera que anteriormente abandonaron la ermita y la Virgen, intentando hacerse con lo que antes habían abandonado. Sin embargo, la pronta reacción del pueblo utrerano impidió, incluso con palos y pedradas, las intenciones carmelitas.

La mejor forma de impedir que se repitiese la historia, era crecer y, por ello, los mínimos decidieron construir un monasterio junto a la ermita, consiguiendo el permiso, ya que los dineros lo aportaban ellos, gracias a la intercesión de la reina Isabel de Valois, segunda esposa de Felipe II.


Los milagros de la Virgen continuaron, como dan fe los cientos de pequeñas pinturas agradeciendo gracias concedidas que se conservan en la sacristía del templo.

Ejemplo de la enorme popularidad de la Virgen es la devoción marinera, que llevaba a los que hacían la travesía hacia tierras americanas a encomendarse a Ella. Son muchos los exvotos con motivos del mar que se conservan, pero el más conocido de todos ellos es un galeón que sostiene en su mano derecha, que ha hecho que muchos la conozcan por “La del barquito en la Mano". Se trata de una pequeña nave, perfumador, realizada en oro y cristal de roca que data del siglo XVI, y que se cree le fue ofrecida por los tripulantes del navío “Veracruz”.


En 1.752 es nombrado Padre General de la Orden Mínima fray Juan Prieto, antiguo residente de Consolación, quien designa al monasterio como Casa General de la Orden. Este nombramiento supuso la realización de numerosas obras de reparación, ampliación y ornato del conjunto. Se levantaron entonces la sacristía, con su gran mesa jaspe rojo, antesacristía y, sobre todo, el coro, con sus sitiales de maneras nobles y su correspondiente facistol.

El fervor popular se tradujo en romerías de más de treinta mil personas en una época en la que España apenas contaba con seis millones de habitantes. Las aglomeraciones atrajeron también a gentes de mala vida, teniendo lugar desagradables incidentes, que obligaron a los frailes mínimos, directores del monasterio, a pedir ayuda al Supremo Consejo de Castilla el cual, en 1.771, suspende la romería. La anulación, agravada más tarde por la invasión napoleónica y por las desamortizaciones de 1.835-1.836, hace que se inicie una progresiva decadencia, tanto en los asistentes al culto como en el edificio.

Tras los infortunios antes comentados (prohibición de la romería, invasión francesa y desamortizaciones), el monasterio fue cayendo en el olvido y sus piedras en una ruina progresiva.

Hubo un tímido intento en 1.965 por parte de los mínimos de reactivar el santuario, que terminó de forma escandalosa, apenas diez años después, con la conversión del mínimo padre Francisco a la iglesia luterana.

Hoy día no quedaría nada de este conjunto si, en 1.892, Enrique de la Cuadra, marqués de San Marcial y Hermano Mayor de la Hermandad, no hubiese costeado una importante restauración que confirió al santuario el aire neomudéjar que luce actualmente. Se arreglaron las techumbres y los muros, se rehízo la cúpula, se restauró el magnífico artesonado, se cambió la solería, se estrenó el cancel del atrio, se decoraron las paredes... Se salvó de la destrucción, en suma. Hay que comentar que tan magna intervención, llevada a cabo con los criterios restauradores de la época (hacer lo nuevo de forma que no se distinga de los antiguo) suscitó gran controversia, por considerar algunos que ese aire oriental falseaba el aspecto original. Sin embargo, aun coincidiendo en parte con esa opinión, creo que deberíamos considerar la otra alternativa, que no era otra que la desaparición del conjunto de edificios y, por tanto, dar por "menos mala" la restauración.


La llegada de los Padres Salesianos al convento, en 1.945, hizo resurgir la devoción, que continuó y aumentó grandemente hasta el día de hoy bajo la dirección de la Parroquia de Santa María de la Mesa, de la que depende actualmente. La estancia de los Salesianos supuso nuevas mejoras en el santuario: se instalaron los grandes lienzos con escenas de la vida de la Virgen que cuelgan en las paredes de la nave central, así como las cuatro grandes campanas de la torre, costeadas por suscripción popular y otras actuaciones menores.
La Orden Salesiana abandonó en 1.961 el templo (les estaba cedido, no era de su propiedad) por no hacer frente a costosas y necesarias reparaciones, pasando desde ese momento a estar bajo la dirección del párroco de Santa María.

Fueron tiempos, que se prolongan hasta la actualidad, de un constante aumento de la devoción a la Virgen, rindiéndose ante Ella personajes principales de la época, como los marqueses de Villaverde o la duquesa de Alba. En este contexto, se nombra a Nuestra Señora de Consolación Alcaldesa Perpetua de Utrera, por considerarse que durante el desbordamiento del arroyo Calzas Anchas de 1.962 intercedió para evitar una desgracia mucho mayor que los tres fallecidos que realmente hubo.


Otro hecho importante en la historia del santuario fue la Coronación Canónica de la Virgen en el año 1.964, dos años después de que Pablo VI decretara la misma. Donaciones por parte de oro plata y joyas permitieron que el orfebre Fernando Marmolejo realizara las coronas de la Virgen, dos kilos de oro, doscientos brillantes, treinta esmeraldas y una gran perla y del Niño, medio kilo de oro, setenta y cinco brillantes, diez esmeraldas y ocho rubíes. Igualmente, la Hermandad de la Macarena, a punto de recibir el permiso para la coronación de su titular, donó la peana de plata estrenada en la coronación.

El año 2.007 se celebró, el 500 aniversario de la llegada de la imagen de la Virgen a Utrera y primer Año Jubilar de Consolación. Siete años después, tiene lugar el 50 aniversario de la Coronación Canónica, y segundo Año Jubilar de Consolación.

Antiguo Real de Consolación, explanada en la que antiguamente se celebraba la romería se erige este Santuario Diocesano de Peregrinaciones de Nuestra Señora de Consolación Coronada.

Su portada, en forma de retablo de dos cuerpos, fue trazada en 1.636 por Alonso Álvarez de Albarrán, jerezano discípulo de Martínez Montañés, que tallaba tanto en piedra, como madera o yeso.

La portada del Santuario está realizada en piedra amarilla, con incrustaciones de mármol gris y blanco, y consta de dos cuerpos. El vano es rectangular, con hornacinas laterales ocupadas por estatuas, fray Bernardo Boil, monje de Montserrat e introductor de la Orden de los Mínimos en España, y San Isidoro de Sevilla, ambas del mismo autor de la portada, enmarcadas por pares de columnas toscanas.

El cuerpo superior, muy reformado durante las obras de finales del XIX, consta de tres calles con retablos cerámicos, San Joaquín, la Virgen de Consolación, y San José. Corona el conjunto un frontón partido, con pináculos a los lados, bajo los que observamos sendas inscripciones "Fides" (Fe) y "Spes", (Esperanza). Una tercera inscripción S FDE PAVLA, bajo el azulejo de San Joaquín indica la antigua presencia en ese lugar de una representación del fundador de la orden mínima.

La torre presenta sección uniforme en la totalidad de su altura, cuerpo con cuatro campanas y chapitel con azulejos de imágenes de santos: San Fernando, San Francisco de Paula y la Virgen de Consolación.

En el edificio, nos recibe un amplio atrio, con dos pares de columnas de mármol que forman dos arcadas con tres arcos de medio punto cada una. Los arcos están decorados con yeserías policromadas y sostienen una cubierta de casetones, tallada y pintada con estilo mudéjar que, a su vez, constituye el pavimento del coro, situado sobre ella. Las paredes lucen un alto zócalo de azulejos trianeros de Mensaque.

La iglesia presenta traza de cruz latina, con un larguísimo brazo transversal, más de setenta metros y dos cortos brazos transversales. Lo primero que nos llama la atención es el gigantesco artesonado mudéjar, de cinco paños, que cubre la nave longitudinal hasta el crucero. Data de 1.578, elaborado por Gregorio Tirado y, como digo, no solo es hermoso, sino el más grande que haya visto nunca. Está decorado, como era preceptivo en la época, con abundantes motivos de lacería y estrellas de ocho puntas, con piñas de mocárabes distribuidas por el paño central.

El crucero y los transeptos se cubren mediante artesonados de ocho lados dispuestos alrededor de una gran piña central, todo ello profusamente policromado.

Las paredes muestran el mismo zócalo que el atrio y sobre él cuelgan pinturas enmarcadas con escenas de la vida de la Virgen.

A mano izquierda, justo antes del crucero veremos el púlpito, de forja, producto de la Fundición San Antonio. La solería es de mármol de Carrara.

El brazo del transepto correspondiente al lado del Evangelio está presidido por el retablo del Cristo del Perdón, obra manierista del siglo XVI, que nos muestra el momento de la Expiración de Jesucristo. La cartela presenta el INRI en griego, latín y hebreo.

El retablo, al menos dos siglos más moderno, consta de banco, sotobanco, un cuerpo de tres calles separadas por estípites, con doble arco y ático. Está policromado en color verde con adornos dorados.
En las calles laterales vemos tallas de San Pedro y San Pablo y, en el ático, San Antonio de Padua. El remate superior luce un relieve de la Santísima Trinidad y el monograma IHS.
El Cristo del Perdón es titular de la Hermandad de los Muchachos de Consolación, al igual que la María Santísima de la Amargura, talla de candelero del XVIII donada a la Hermandad en la década de 1.950, que se sitúa en el altar del retablo, a los pies del Crucificado.
En el brazo opuesto encontramos el retablo de San Francisco de Paula, gemelo del anterior, realizado en los mismos tonos verde y dorado. La imagen del fundador de la Orden de los Mínimos, atribuida al círculo de Pedro Duque Cornejo, preside el retablo, flanqueado por San Cayetano y San Antonio de Padua.

En la parte superior aparece una talla de San Juan Bautista y, sobre él, un relieve que representa a San Francisco de Asís en conversación los animales. Corona el retablo el símbolo de la Orden Mínima, que se repite en el hábito del fundador.

Desde los tiempos de la estancia de los mínimos en Utrera quedó, ya perdida, la costumbre de llevar las mangas del hábito del Mínimo a las casas en las que hubiese una parturienta, con el fin de recibir ayuda durante el parto.

Presbiterio.
El primitivo Retablo Mayor del santuario databa de principios del siglo XVII, siendo costeado por el conde-duque de Olivares y ejecutado por Luis de Figueroa y Andrés de Ocampo. Se sustituyó, a principios del XVIII, por un impresionante retablo barroco que, hasta hace apenas un par de años, ha sido generalmente atribuido a Juan de Brunenque. En el Archivo Histórico Provincial de Sevilla existe una carta de pago fechada en 1.707, en la que se recogía ante notario que los frailes mínimos y los hermanos Juan y Cristóbal de Hinestrosa entregaron al retablista e imaginero sevillano del barrio de la Magdalena, Francisco Javier Delgado, 3.269 y 13.680 reales respectivamente,  a cuenta del retablo mayor de la iglesia del monasterio.

Retablo Mayor.
Se articula en banco, sotobanco, un solo cuerpo y tres calles, todo ello dividido en tres calles, separadas por cuatro grandes columnas salomónicas en la zona central y estípites en el resto. Todo ello se encuentra muy adornado con motivos vegetales, angelotes, rocalla, racimos de uvas…

En la calle izquierda podemos ver, de abajo a arriba, una talla de bulto redondo de San José con el Niño, un relieve que muestra la escena de la Anunciación y un santo Mínimo desconocido.

La calle derecha, por su parte, aloja otra talla de bulto redondo, San Joaquín con la Virgen Niña en brazos, relieve de La Visitación y un nuevo santo mínimo sin identificar.

En el centro del retablo encontramos el camarín de la Virgen de Consolación, que se nos muestra en el interior de un templete de plata y, sobre ella, otro relieve con San Francisco de Paula renunciando a la mitra episcopal.
Desde el presbiterio, podemos volvernos y ver, a los pies de la nave, sobre el atrio de entrada, el coro del templo, sitiales elaborados en el siglo XVIII y el correspondiente facistol de la misma época.
A través de una puerta situada junto al retablo de San Francisco de Paula nos es posible acceder a la antesacristía y sacristía.

Antesacristía.
Ambas estancias se coronan mediante bóvedas de cañón con lunetos pintados, decoradas con pinturas murales que muestran escenas de la vida de San Francisco de Paula y de la historia de la Orden.

Bóveda de la Antesacristía.
Las paredes de la antesacristía están literalmente cubiertas por pequeños cuadros, exvotos, que agradecen gracias concedidas por la Virgen de Consolación.

La sacristía luce en su centro una gran mesa de jaspe rojo: Hasta el presente no hay mayor mesa de piedra en Sevilla reza una inscripción latina en la misma. Fue esculpida por Juan de Mariscal en 1.745. En la pared frontal están situados tres pequeños retablos del siglo XVIII, un Crucificado y dos Niños Jesús; a la izquierda, otro Crucificado, de mayor tamaño y sin advocación conocida. En los muros laterales cuelgan lienzos que representan un apostolado y, en la parte baja de los tres muros se sitúan amplias cajoneras.

En la antesacristía, tras el presbiterio hay dos galerías, una a nivel del suelo y otra por encima de esta, que permite acceder al camarín de la Virgen.

La inferior,  se rodea la trasera del retablo mayor hasta llegar a la habitación en la que se sitúa el pozo de la leyenda del lagarto. Según la misma, en un momento no determinado emergió de este pozo un gigantesco lagarto que fue apresado y encadenado. En realidad, se trata de un caimán procedente de tierras americanas traído por indianos quienes, tras hacer fortuna, regresaron a sus lugares de origen.

Subimos la escalera a nuestra izquierda, llegando a un pasillo cubierto mediante una bóveda rebajada adornada con abundante labor de yesería.

En el centro del pasillo, una puerta de madera labrada nos dará paso al camarín de la Virgen. Se trata de una estancia cuadrada, cubierta por una baja bóveda cuatripartita cubierta en su totalidad, al igual que los muros, de pinturas barrocas del XVIII. En los plementos están dibujadas cuatro aves sagradas, entre ellas el ave fénix, símbolo de resurrección, y el pelícano, que representa el amor.

Bóveda.
Las paredes muestran numerosas insignias y condecoraciones, así como una pequeña hornacina en la que se cobija un Niño Jesús muy parecido al que sostiene la Virgen con sus brazos.